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sábado, 16 de abril de 2016

SEMANA SANTA Y PENITENCIA

SEMANA SANTA Y PENITENCIA

Nadie podrá decir que en el mundo cofrade no ha llegado a oír la famosa coletilla “es penitente”. Ahora bien, probablemente no os halláis puesto a pensar qué asociamos por tal y por qué se utiliza dicha expresión más aún en las fechas de la Semana Santa.

La Semana Santa, fecha del año, fecha del calendario litúrgico, tan representativa para todos nosotros, es el gran momento de los penitentes, de lo que somos como cofrades. Sí, de los penitentes, aquellos que, siglos atrás, cumplían pena canónica por haber cometido pecados severamente castigados por la Iglesia.

Sí, la Iglesia imponía, ante aquellas faltas, severísimas sanciones que se contaban por días, de ahí que las indulgencias (los perdones) subsiguientes se contasen también por días y de ahí que importantes masas de cristianos marchasen en largas peregrinaciones a los lugares de indulgencia, pues dicho sacrificio les redimía, les salvaba.

Por tanto, dado que las peregrinaciones eran una salida de emergencia en la institución de la penitencia, la Semana Santa para la Iglesia se convirtió en una parte esencial de la institución penitencial y de su ritual penitencial y de redención de penas, con sus 4 estaciones o estados de penitencia. Sin embargo, no será éste el momento ni el artículo para hablar de estos pormenores, de modo que dejaremos  a un lado las peregrinaciones e indulgencias a ellas vinculadas y abordaremos la penitencia en la Semana Santa.

Ahora bien, ¿por qué la Semana Santa se convirtió en importantísima? Pues porque constituyó el momento litúrgico idóneo para que los penitentes mostrasen públicamente su arrepentimiento e implorasen el perdón de Dios y de la Iglesia, de la que eran rechazados por sus faltas.

Por tanto, podemos aducir que la Semana Santa se hizo para la penitencia y, más allá de la relevancia que esto tiene, la particularidad de la misma, la imagen externa que la sociedad ha considerado más importante, aun sin serlo a no ser por lo que tiene de estético, es la de los penitentes encapuchados, ricamente o uniformadamente vestidos, que desfilan silenciosamente mientras acompañan en cortejo sus Pasos procesionales bellamente engalanados. 

En resumen, la importancia de una celebración religiosa nacida de un “Hecho de Fe”, se ha convertido en una fiesta para el común del pueblo enmascarada por la pompa profana.

Los que nos consideramos cofrades, penitentes, no debemos engañarnos con lo que la sociedad interpreta de lo que somos y hacemos. El penitente estaba obligado y nosotros como sucesores que somos de ellos, a manifestar públicamente su arrepentimiento y dicha manifestación de pública penitencia, aunque parezca curioso, no se desarrollaba en el Templo, sino en la calle. Es más, en dicho acto no había un código de actuación litúrgico, canónico, para que se entienda no había recitación de oraciones de la Iglesia ni sus cánticos ni sus bendiciones, sino que dicho acto de sobriedad venía motivado porque los penitentes eran considerados proscritos y como tal se les había de exigir algo ascético, duro. Sí, todo tiene su explicación:

Ya en el siglo IV d.C., aparece con la que sería Santa Fabiola (muerta hacia el año 400), el que podría considerarse el primer caso de penitente documentado. Vestía de saco, lo que vendría a ser como el primer vestigio de nuestras túnicas aunque sin su adorno y pulcritud (es decir limpieza) característicos. De tal manera vestida daba público testimonio de sus pecados. Pues bien, siguiendo su ejemplo, como ella vestían los pecadores quienes, el día antes de Pascua (pese a que aún no se había instituido la Semana Santa tal como la consideramos actualmente), en la Basílica de San Juan de Letrán, estaban en el lugar destinado a ellos que no era otro que el pórtico de acceso al Templo, sin poder acceder al interior. Allí permanecían con esas ropas andrajosas, la cabeza desnuda y en silencio. Estaban apartados, marginados por sus pecados, haciendo pública manifestación de tal condición, humillados sin entrar en la Iglesia y separados del resto de fieles para no “contaminarlos”, quietos en el exterior desde donde oían las lecturas y los sermones, teniendo que retirarse después.

Por su condición de pecadores confesos y convictos, reiteramos que los penitentes tenían la obligación de hacer pública penitencia y para cumplir estrictamente las penas que tenían impuestas se crearon los “penitenciales” que eran libros en los que la Iglesia detallaba los castigos impuestos por cada pecado, el modo de cumplirlos y los ritos para ser readmitidos por la Iglesia.

Quizá la peor situación para un penitente, al margen de ser tachado por sus convecinos de pecador y sufrir rechazo, era no sólo reconocer su condición de pecador sino demostrar ante todos esa condición de pecador. Y dicho proceso se desarrollaba tras recorrer y superar 4 estaciones de penitencia que le conducirían al perdón. Todo ello de la siguiente manera:

-La primera estación era el llanto: El penitente, de pie en la puerta de la iglesia, como un mendigo, suplicaba a los fieles que allí entraban que rogasen por él, pues al pecador se le prohibía la oración con Dios dentro del Templo. Por eso y como reminiscencia de este pasado, cuando luego los penitentes comiencen a hacer procesiones, éstas serán silenciosas.

-La segunda estación: El penitente escuchaba la Palabra de Dios desde el pórtico de la Iglesia.

-La tercera estación: El penitente entraba en la Iglesia en posición de total sumisión (agachado o arrodillado).

-La cuarta estación: Se permitía al que había sido pecador estar con el resto de fieles, libre ya de toda culpa y pena.

Parecerá que la postura de la Iglesia para con los pecadores era de desconsideración y marginación, pero esto debe entenderse desde la idea de entonces cuando se pensaba que quien pecaba hacía un gran daño a toda la comunidad cristiana, porque con su mal ejemplo daba pie a pecar al resto o, cuando menos, obligaba a los demás a vivir en un ambiente de pecado y a consentirlo. Por eso era esencial reparar todo daño y mantener a la comunidad en el buen camino convirtiendo a los pecadores en penitentes y obligando a la comunidad restante a que si había llegado a sus ojos y conocimiento el pecado fueran testigos también de la penitencia.

La penitencia pública, tal y como ha quedado explicada, con su solemne ritual, continuó siendo obligatoria hasta el siglo IX (incluso perduró más tiempo en ciertos monasterios y durante más tiempo en los señoríos, en aquellos lugares propiedad de la Iglesia). Sin embargo, conforme fue perdió peso su obligatoriedad, avanzó su voluntariedad, de modo que la penitencia, lejos de seguir considerándose socialmente “negativa” o “humillante”, se ensalzó y la asumió la Iglesia y sus fieles como medio de purificación general. De esta manera, los fieles que no estaban sujetos a esta obligación mantuvieron la práctica de la penitencia, sobre todo la cuaresmal, por devoción (hoy podríamos decir, sin temor a engaños, que más aún por tradición).

Si entendemos todo lo dicho anteriormente, se puede comprender el significado de la Semana Santa y de sus procesiones, a las cuales las anima un espíritu particular de penitencia. Y es que sin penitencia, las auténticas procesiones de Semana Santa pierden todo su sentido.