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lunes, 13 de marzo de 2017

¡A TI, MADRE, TODO MI AMOR!

¡A TI, MADRE!

Noche ya cerrada y la oscuridad de la calle se ilumina cuando pasa ese ascua de "Luz Marinera" con la candelería baja adivinando el lenguaje del dolor más bello de su cara de nácar. Viene con la mirada cansada y baja por ver tantas lágrimas a su paso, tantos ruegos, tantas abuelas y abuelos, tantos enfermos, niños, personas que desde su sillita de ruedas, al verla pasar, se olvidan por un momento de sus males y dolores y musitan entre labios una oración silente o se les oye un "Madre, dame fuerzas y salud para volver a verte el año que viene si no aquí, en el Cielo".

Estrella de Triana

Cada vez que recuerdo esa frase y paso con el Palio siempre, y entre la candelería y el ascua de luz, mi mirada, inevitablemente, se vuelve a ese balcón de la Calle San Jacinto al que ya no volviste desde que días antes del Domingo de Ramos de 2011 te fuiste al Cielo y te fundiste en su Luz tras una penosa enfermedad.

Palio de la Estrella

¡Qué paradojas tiene la vida! Esa Cuaresma de 2011, el primer lunes de Vía Crucis en Sevilla, supe, en aquella mañana, la verdad terrible y la mentira más grande que te pude decir, madre, y que nunca me perdonaré. 

No sé si fue Dios Soberano que con su Poder repartió bendiciones por Sevilla, quien me puso a prueba o Jesús de las Penas, Caído o con su Cruz de Carey o Expirando, ¡qué más da! Dios escribió aquel día con renglones torcidos y comprendí que la verdadera penitencia la viví, la sufrí, aquella Cuaresma en la que, poco a poco, te ibas consumiendo. Por eso siempre que te vea, Madre Celestial, Estrella de la Mañana, de hebrea en tu Besamanos, de Reina Coronada en tu Palio azul, siempre veré tu cara madre y un lucero de luz en el firmamento donde brilla la Estrella que más reluce.

¡No te olvido, madre!


Autor: Fernando Martagón Naharro